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viernes, enero 22, 2021

El Club de las Orquídeas

_ De no haber sido por Genoveva Mercado, tienes que reconocer, que el Club de las Orquídeas Maltratadas, no habría pasado de ser nada. Sólo una idea que, creo que fuiste tú…

_ No. Yo no propuse nada.

_ Estaba segura de que tú…

_ No de nuevo. Dije que en alguna de las atrasadísimas revistas que tiene Martín en su salón, había visto un garabato que parecía una flor, y debajo algo parecido a una consigna feminista que entre signos de admiración proclamaba: “¡Únete a nuestro Club!” Sólo eso.

_ Pero ahí no veo nada que tenga que ver con feminismo o las Orquídeas.

_ No de nuevo. Yo tampoco. Pero debajo había un número de teléfono.

_ ¿Y hablaste?

_ No, otra vez no. Tú sabes que odio hablar. Y por teléfono más. El que habló fue Martín. Cuando le contestaron hubo nada más silencio. Martín me miraba como esperando de mí, alguna señal, una idea. Yo me encogí de hombros y entonces Martín colgó. Un minuto después, entró una llamada. Martín contestó. ¿Que qué quería? Martín dijo sobre lo que habíamos encontrado en la revista. Ahí fue cuando las cosas se pusieron interesantes. Martín colgó. Por segunda vez. Estaba pálido. Le pregunte con una seña. Me contestó con otra. Que se pondrían en contacto con él -con nosotros al día siguiente-.

Al día siguiente ahí estábamos los dos. A la misma hora exacta entró la llamada. Otra vez Martín contestó. Estuvo al teléfono por casi diez minutos.

_ Y…¿entonces?

_ Al principio, Martín no quería decirme nada. Parecía enojado. Ya calmado, pues resulta que, del otro lado, lo que querían era invitarlo a unirse al club. Que la flor no era una flor. Que el club no tenía nada de feminismo sino todo lo contrario. Así de claro: “Todo lo contrario.” Y Martín, que, de haber estado en el closet, ya ni se acuerda, de clubes, sectas y cofradías no quiere saber nada.

_ Pero entonces, a lo de las orquídeas, ¿cómo fue que llegamos?

_ Porque Genoveva y Martín, desde niños son, o fueron, como uña y carne. Primos hermanos casi.  Y en una de esas, si me apuras, la tía Remedios, madre de Martín asegura que, -“entre esos dos; ¡hubo algo!”-

_ ¿Pero no que Martín…?

_ Tienes razón. Pero cosas más extrañas se han visto. Una navidad, hace diez años o por ahí, Martín, pasó con nosotros la noche. Acababa de inaugurar el salón y andaba muy preocupado por haber hecho una mediana inversión tomando un préstamo del banco, que, de no funcionar el negocio, se vería endeudado y con serios problemas. Martín, no el banco. El caso es que tomó más sidra rosada de lo normal. Como a la una de la madrugada, todos se habían ido a dormir, y nos quedamos él y yo solos conversando hasta por los codos. Y entre tanta plática, y no sé cómo, salió la historia, de su historia con Genoveva. La situación vino de la cercanía, la inexperiencia, y un poco de la búsqueda de ambos. Tenían entonces doce o catorce. Martín no tenía idea de nada, pero en los primeros devaneos de la pasión precoz, supo qué, los vaivenes y piruetas del acto en sí, no eran para él, y de inmediato lo comprendió. Por otra parte, para Genoveva, aunque nunca pasaron de caricias casi inocentes, bastaron para revelarle haber nacido dueña de una ninfomanía suculenta. Pero por más que Martín trato de explicar la situación de la manera más dulce posible, Genoveva no pudo evitar irse por el lado de la tragedia, y se declaró, rechazada por su primo. Y que eso, dice Martín, sin duda la hizo como es.

_ ¿Todo eso te contó Martín, en una desvelada navideña?

_ Y muchas cosas más. De muchos temas. Pero creo que lo que te acabo de contar, lo olvidó. Dice Martín que, aunque Genoveva no lo aceptaría nunca, el haber sentido ese rechazo -como lo tomo ella- la volvió un poco loca. Y que eso explica su obsesión por encontrar un hombre, asegurarse por todos los medios de enamorarlo de ella hasta la locura, y lograr que le pida matrimonio en la primera semana de conocerse, sin darse cuenta de que es por eso precisamente, por lo que todos huyen.  Buscando uno, ha perdido, ¿Cuántos te gusta? ¿Diez, quince? ¿Setenta y muchos? No, ya en serio, dime.

_ Creo que más. No sé si sepas que mi marido es uno de ellos. De los perdidos.

_ No. no lo sabía. Pensaba que sólo mi marido había pasado por aquello. Pero te venia diciendo, sobre cómo llegamos a lo de las orquídeas.

Cuando lo del club, ya no éramos tan jovencitas. Pienso que Genoveva, lo vio como la oportunidad de tener algo en común con todas, porque la verdad sea dicha, de vez en cuando le hacíamos la vida de cuadritos. Pero ella daba pie. De repente se ponía intratable. No sé si te acuerdes de la vez que fue furiosa hasta el salón de Martín, a gritarle no sé cuántas cosas. Cosas feas, hirientes, odiosas. Canalladas, dijeron algunas de las clientas del salón que en ese momento estaban tratando gracias a la magia de los tintes, de retardar lo inevitable. Y que una vez que Genoveva, hecha todavía una furia, dando un portazo, rompió en mil pedazos el cristal en el que apenas una hora antes, un rotulista aficionado, había pintado el nuevo logo que Martín mismo había diseñado, juraban y perjuraban que, hasta esa tarde y nunca antes, habrían sospechado, que su estilista favorito, corriera para tercera. Lo único que gano Genoveva con tal desplante, fue quedarse sin estilista. Ahora cuando necesita un corte tiene que recurrir a la tía Remedios, que fue la que le enseñó a su hijo. ¡A Martín!

_ Te tengo dos preguntas un poco incómodas para mí, pero no puedo dejar de hacértelas. La primera es:

_ ¿Qué es, correr para tercera?

_ ¿Y la segunda?

_ ¿Qué es, nacer dueña, de una ninfomanía suculenta?

edgarsalguero@hotmail.com

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Edgar Salguero
PINTOR Y AHORA CUENTISTA, LLEGÓ DESDE COSTA RICA A GUANAJUATO HACE 45 AÑOS.

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